
Una de esas noches, rodeada de chiquillos, la tía Pepeta nos pidió algo sorprendente para unos niños de unos 8 ó 9 años. Cuando se muriera quería que la acompañáramos en su entierro por las calles, así todo el mundo diría lo que la querían los niños. Y es que por mi calle pasaban, y pasan, todos los entierros del pueblo, se detienen en última parada, de despedida del duelo, en la Cruz y siguen calle arriba hasta el cementerio. Recuerdo entre brumas haber visto pasar también su entierro, no sé si había muchos o pocos niños (los niños no suelen ir ni acompañar los entierros), pero después de tantos años, uno de aquellos niños, que ella quería que la acompañaran en su último paseo, todavía la recuerda con cariño y da fe de que a la tía Pepeta la querían mucho sus niños. Nos enternecía su humanidad y nos asombraba su sorprendente memoria cuajada de poemas, en un tiempo y un lugar poco propenso a la poesía.